domingo, 21 de diciembre de 2008

El tianguis en movimiento.

Miércoles tres de octubre, diez treinta de la noche.
El hombre saca una libreta agotada, limpia los lentes de su cámara y da play en el interruptor cerebral. Las sombras adquieren formas más claras, los aromas toman sentido, el ruido sigue siendo ruido. La estación del metro General Anaya se presenta en su sencillez proletaria y en su inmensidad cosmopolita. Los puestos callejeros sudan olores a carne y cilantro que se suman a la atmósfera vaporosa de alcantarilla. Un billete de veinte pesos se suma a la alcancía del metro.
-Seis boletos, por favor-
El rostro mecánico permanece inmutable, pero sus extremidades toman automáticamente el billete, retiran unas monedas de las tantas pilas que ostentan las arcas del gobierno. Cinco cartoncitos unidos por las esquinas y uno más, éste huérfano, se deslizan divertidos por la cuneta plateada, enseguida les hace compañía una moneda de a cinco y tres de un peso. El hombre camina hacía la entrada en donde ofrenda un cartoncito a las fauces del torniquete, un aroma a rosas y canela se desliza en dirección opuesta, labios entreabiertos que tararean una canción, el tarareo cesa, la mujer le regala una sonrisa, el hombre baja la vista avergonzado. El piso de la estación general Anaya es opaco y así seguirá siendo, no importa que aquel viejo de bata azul y cabello escaso se lleve las manos en limpiarlo. Si ese piso pudiera hablar y decir todas las historias sinceras que le han contado un millón de zapatos. No, ese piso no puede brillar de ingenuidad como los mosaicos de un centro comercial.
-Yo te gano-
-No, yo llego primero-
Unos converses y unas botas adolescentes se pierden en la inmensidad de las escaleras eléctricas. El hombre se deja llevar por las escaleras que le depositan en un pasillo acristalado, Calzada de Tlalpan se extiende interminable a ambos lados, los autos se alejan hacia el sur mirando fijamente con sus pupilas enrojecidas.

Diez de la noche con cuarenta minutos. En los andenes un centenar de ojos expectativos y el tren que no llega, un saludo agudo y cien piernas se pierden en el anonimato de los vagones. Los vagones son frescos y a diferencia de la mañana tienen lugares suficientes para que nadie tenga que ir de pie a no ser por voluntad. Afuera la noche se espesa como un cobertor y el tren somnoliento se desliza por las vías. Encima de las ventanas de los vagones la publicidad susurra como si temiera arrancar de su sopor al metro: "Ropa de marca de prestigio a precios de fábrica, un tenedor cubierto de espagueti invita a acompañar tus platillos con mayonesa, La crema Pond’s ofrece el secreto de la eterna juventud". Un hombre de mejillas chapeadas lee el Esto; "Las chivas ganan uno cero al Dc United con gol de Ramóncito Morales y se clasifica a cuartos de final" Unas manos velludas sostienen en alto el periódico El Gráfico: "Matólo por infiel" Una Holts se introduce por unos labios gruesos. Unos ojos enrojecidos miran al piso. Una voz susurra -¿Ya le dijiste?- Otra contesta –Sí, pero no quiere- El tren despierta y toma velocidad, los vagones dan pequeños saltitos. A lo lejos un bebé llora. -Hacer el amor con otro, no, no, nooo… No es la misma cosa, no hay estrellas de color rosa- canta una voz morena y rizada. El vagón cobra vida. La joven que interpreta a la Guzmán abre la entrada de los vendedores. -Señores pasajeros, mire usted, le traigo a la venta los lentes de novedad, son los lentes Quevedo, lente tipo lupa, para esa vista cansada, le vale y le cuesta solo diez pesos, le vale diez varos, diez varos le cuesta- En el vagón se ofrece de todo: lentes, chocolates, películas de buena calidad (al menos eso dicen) y todo esto no supera los diez pesos. El intercambio de dinero por producto se hace con naturalidad. En los consumidores no hay duda, el intercambio es rápido, no exigen más garantía que la palabra del vendedor. La meca del comercio en movimiento. Sin duda los empresarios están pensando como ocupar estos espacios tan nobles y lucrativos. Sólo es cuestión de tiempo. En las calles Bon Ice es el gigante de verano y Telcel ofrece sus tarjetas telefónicas. En poco tiempo los grandes corporativos ocuparán estos nichos y los ahora vendedores independientes usarán uniformes vistosos o botargas y su mirada ahora digna dejará de serlo. Pero por el momento el metro es así, un lugar unificador en donde todo mundo pertenece al anonimato. No hay marcas, ni jerarquías y las miradas que se cruzan casualmente se ven con igualdad.
C.M.luna.

No hay comentarios:

Publicar un comentario